Breve historiografía de la Mansión Kopp, joya arquitectónica en el Centro de Bogotá

Breve historiografía de la Mansión Kopp, joya arquitectónica en el Centro de Bogotá

El centro histórico de Bogotá ha sufrido el desgaste del tiempo, pero hoy renace con nuevos aires. Entre las construcciones sobresalientes, la Mansión Kopp es un testimonio vivo de la memoria urbana e histórica, capaz de narrar, a través de sus muros y fachadas, el esplendor arquitectónico y cultural de la primera mitad del siglo XX.

La Mansión Kopp, con la sobriedad de su presencia y la fidelidad de sus formas, encarna ese legado, recordándonos que el patrimonio no solo resguarda la belleza de una época, sino también la identidad profunda que se teje en la historia de la ciudad.

Es este un lugar en el que se entrecruzan hechos, circunstancias y personajes fundamentales de la historia moderna del país. Sin embargo, este vínculo entre memoria y espacio construido, rara vez ha sido tematizado desde la perspectiva patrimonial. En el ámbito periodístico y en la narrativa urbana, suele privilegiarse la monumentalidad —plazas, iglesias, edificios oficiales—, olvidando que la ciudad se configura también como un entramado de residencias privadas y con esto lo que cuentan.

Vista hacia el norte desde el patio oriental – Casa Kopp (1988)

En estas moradas, menos visibles pero decisivas, transcurrió buena parte de la vida cotidiana de los protagonistas de nuestra historia nacional e internacional. De este modo, la Mansión Kopp no solo remite a un episodio arquitectónico, sino a un soporte material de la memoria colectiva que conecta lo doméstico con lo público y lo íntimo con lo político, recordándonos que la historia urbana se construye tanto en la esfera privada como en la monumentalidad oficial.

Con el mismo empeño y tenacidad con que Leo S. Kopp, su padre, forjó el imperio industrial cervecero, Leo R. Kopp (hijo), movido por ideales altruistas, ingresó en 1913 a la Logia Propagadores de la Luz N.° 1. Inspirado por ese espíritu de servicio a la comunidad, en 1917 realizó una donación de cinco mil pesos oro, destinada a promover la construcción del Templo Masónico de Bogotá. Este gesto visionario permitió la creación de la Nueva Sociedad de Constructores S.A. de Bogotá y, posteriormente, la edificación del actual Templo Masónico, vecino a esta histórica mansión.

Aspecto del salón de recibimiento que comunicaba las
alcobas de matrimonio – Casa Kopp (1988)

El tiempo uniría a la señora Olga Dávila Alzamora y a Leo S. Kopp, quienes, con el propósito de erigir un hogar que armonizara la elegancia con la tradición confiaron el proyecto al arquitecto e ingeniero Alberto Manrique Martín, profesional de gran prestigio en Bogotá y uno de los fundadores de la Sociedad Colombiana de Arquitectos.

Reconocido por su participación en la culminación de las obras del Capitolio Nacional y por su sello en importantes proyectos de la Avenida Jiménez, como el Hotel Granada y el edificio Cubillos, Manrique mantenía además una relación cercana con la familia, pues ya había diseñado para Leo R. Kopp varios edificios de renta. La Mansión Kopp fue concebida y edificada en 1923 sobre un lote perteneciente a la familia, con el desafío de crear un espacio amplio y cómodo para una familia que conocía a fondo la vida y la cultura europeas. Manrique imprimió a la casa una sobriedad clásica que aún hoy resiste el paso del tiempo, dotándola de acabados franceses donde la elegancia y la cortesía se reflejan en cada detalle arquitectónico.

Vista hacia el sur desde el patio oriental – Casa Kopp (1988)

Allí vivió la familia junto a sus cuatro hijos hasta la muerte de Leo S. Kopp, ocurrida el 9 de abril de 1938. Doña Olga Dávila, ya viuda, continuó residiendo en ella hasta su viaje a Londres, en donde contrae matrimonio con el expresidente Alfonso López Pumarejo en 1953. Esta unión, feliz pero breve, terminó con la muerte de López el 20 de noviembre de 1959, lo que llevó a la señora Olga a regresar a Bogotá y instalarse nuevamente en la residencia. Así, la historia íntima de la mansión se entrelazó con la del país; y tras el Bogotazo, se convirtio en un silencioso testigo de las profundas transformaciones sociales, políticas y culturales que marcaron la consolidación de una Colombia moderna.

En sus últimos meses de vida, la señora Olga Dávila recibió múltiples ofertas de almacenes cercanos que buscaban convertir la residencia en una bodega. Sin embargo, todas fueron rechazadas, pues su intención era asegurar un destino más digno.

Finalmente, aceptó la propuesta de los directivos de la Gran Logia de Colombia, entregando así la casa a una institución que preservaría su valor histórico y simbólico. Bajo un sincero gesto de apertura y servicio a la comunidad, la casa Kopp se consolidó como la sede oficial donde se reunirían “Los hombres libres y de buenas costumbres”.

Ascenso de tres tramos de la escalera que arranca del gran vestíbulo distribuyendo amplios salones frontales – Casa Kopp (1988)